-Qué mala suerte, decían.

Y el viejo labrador respondía:

-Mala suerte, buena suerte, quién sabe.

A los pocos días volvió el caballo y con el venían varios más.
Los vecinos, entonces, admirados, decían

-¡Qué buena suerte!

Y el labrador repetía:

-Buena suerte, mala suerte, quién sabe.

A los pocos días el hijo del labrador intentó domar uno de aquellos caballos, cayó al suelo y se fracturó la pierna.

Otra vez, los vecinos lo visitaron y al ver al joven postrado, decían:

-Qué mala suerte!

Sin embargo, el labrador volvía a repetir:

-Mala suerte, buena suerte, quién sabe.

Al otro día llegó el ejército y se llevó a todos los jóvenes en condiciones de combatir. Dejaron al hijo del labrador, que estaba inmovilizado.

Mientras veía a los soldados alejándose, el labrador reflexionaba en voz alta.

-¡Mala suerte, buena suerte!, quién sabe.

***

Nunca se sabe.

Alguien ha dejado un comentario a este cuento que me ha gustado y que dice: Nunca cantes victoria. Pero tampoco llores derrota.

On June 20 2008 Edit






ratolina

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Esparreguera, Cataluña, Spain




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